Malak | Paul OGarra
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Él cree que no lo sé, pero se equivoca. Algo busca. Posiblemente desee a Latifa. Es el tipo de hombre que le gusta a Jeedah a pesar de ser extranjero. Ella habría conversado con él. Ella siempre conocía a las personas.

—Si no sabes, niña, no hables con ellos. Deja que adivinen tus pensamientos ellos mismos si pueden. No digas nada.

A veces me ponía la mano sobre la cabeza y decía: —Es inútil, Malak, tu rostro lo dice todo. Eres demasiado magnífica, demasiado orgullosa. ¿De dónde has salido, niña? ¿Quiénes son tu gente? Está en su sangre, en la de tu madre, y en la tuya, pero tú eres más especial. Nunca te rendirás.

Mientras comía, advirtió las hermosas facciones de la niña y su largo cabello espeso. A pesar de ir vestida con harapos sucios, de que su rostro estuviera manchado, y que tuviera las manos negras, la niña era preciosa. Ella echó un vistazo a la comida, aún asistiendo a la bebé, y aunque desvió la mirada, sus ojos volvieron a pasearse por el sobrecargado plato. Luego sacó barbilla bruscamente como un gesto interno de autocorrección para mirar a otro lado. Pete pensó que la pobre corderilla estaba muerta de hambre, pero era una orgullosa e increíble golfilla de cinco años con muchas agallas.

—¿Cómo se llama? —preguntó él, señalando a la niña.

—Malak —replicó Latifa. —Su madre trabaja, así que ella y su hermana se pasan todo el día en la calle.

—¿Y qué problema hay con el colegio?

—No tienen dinero.

Ella le dijo algo sobre él a la niña, quien se giró y miró a Pete. Sus dientes eran blancos y perfectos. Su sonrisa era totalmente inesperada en un rostro cuya absoluta falta de expresión debía haber sido la única arma de la niña contra la maldad y la negligencia que se sucedían a su alrededor, y que ella sabía por instinto estaba muy, pero que muy mal.

—Dale cuscús.

—No, ella tomará lo que nos sobre.

Así que él se dirigió hacia la otra habitación para coger un plato y un tenedor. Sirvió un buen montón de sémola en el gran plato y lo colocó delante de la niña, quien se lanzó sobre la comida como un lobezno, usando las manos para devorarla ansiosamente. Él le dio pan y una Coca-Cola.

—¡Malak! —dijo él bien alto, y ella levantó la mirada pero continuó comiendo. —Dile que pare.

Latifa, su amiga, le habló bruscamente a la niña, quien paró y miró a Pete. —Dice que lo siente.

—No tiene nada por lo que disculparse. Solo dile que me haría feliz si usara el tenedor.

Latifa habló con ella y la pequeña la escuchó atenta y humildemente. Luego se rio, una risotada de sentida alegría, mirándole. Pete, pillado por sorpresa, le devolvió la sonrisa sin poder evitarlo. Ella comió el resto de la comida con el cubierto, experimentando algo de dificultad. Mientras comía seguía mirando a Pete en ocasion, riéndose con suavidad. El hombre estaba embelesado con la niña. Su belleza, sabiduría, y orgullo eran increíbles en una pequeña que vivía en las más abyecta pobreza, Y, por supuesto, se daba cuenta de que la niña, de algún modo, era consciente de su poder como futura mujer, de su encanto y belleza, y sabría cómo usarlos llegado el momento oportuno. Pete pensaba que ella sabía por instinto, por intuición, que él era el tipo de hombre que amaba a los niños y consideraba sagrado su derecho a ser niños. Por supuesto, también cabía la posibilidad de que ella simplemente creyera que los forasteros eran la orilla más verde de su río particular.

Un silencio sepulcral saluda a las dos mujeres con la niña y el joven, quienes son escoltados por el Capitán Hannachi dentro de la tienda. Un dominio masculino en un mundo árabe y lo saben, les han hablado de la reputación de este siniestro hombre de acero que es el califa, el gobernante supremo, quien está sentado como un pachá de antaño rodeado por sus luchadores escogidos a dedo. El chico que está con ellos es alto e increíblemente atractivo. Su joven edad le hace aún más hermoso, con largo cabello negro rizado y movimientos ágiles como los de un gato; va vestido simplemente con un Kandora blanco y pantalones, y mira hacia el sillón abatible en el que está repantingado el único hombre que parece digno de haber sido elegido como líder.

La mayor de las dos niñas es muy atractiva de un modo reservado y tímido. El General la pilla mirando, buscando los ojos de los varios hombres más atractivos en el pabellón; típico de su edad, sin lugar a dudas, pero quizás un poco demasiado voraz y, aún así, con un aire de adecuada timidez, del tipo que se dedica a seguir el enfoque tímido hacia el corazón de un hombre. La mujer solo puede describirse como majestuosa: su porte, su belleza, sus enormes ojos; sostiene a una niña pequeña por los hombros, quien también camina con actitud segura y es asombrosa al mirarla, ya que sus rasgos son los de un ángel: suave, angelical, encantadora. En ese preciso instante, un rayo de luz, ya sea del sol o de una bombilla, que se ha colado aprovecha la oportunidad para posarse en su rostro. El General mira en redondo para localizar la fuente de la luz, pero no la encuentra. Un escalofrío supersticioso le recorre el cuerpo y se lo sacude. El Capitán da un paso hacia delante.

—General, permítame que le presente… —pero no tiene ocasión de terminar porque la pequeña se escapa de las garras de su madre.

—No te tenemos miedo —chilla con su vocecilla, apuntándole acusadoramente al General, su madre corriendo hacia ella. Durante unos segundos reina el más absoluto silencio; todos los ojos están posados en Chenouali, no sabiendo qué esperar. Se ha quedado helado. Intenta pensar qué está pasando y entonces, en lo más profundo de su mente, empiezan los gritos, pero los acalla. “Están esperando, Khizr,” piensa, armándose de valor. Entonces la sospecha de una sonrisa aparece en su rostro.

El sol de la mañana arroja largas sombras, de modo que, incluso desde donde su caravana de provisiones va viajando sobre la elevación de una alta duna, pueden discernir la singularidad en el lejano horizonte. Una forma. Camellos y algo más. Cargados pero ligeros. Y parados. ¿Estacionarios? Inmediatamente, dos figuras con capuchas azul oscuro hacen girar sus caballos en redondo y, separándose del cuerpo principal, bajan galopando en una nube de arena. El resto de la caravana adopta una postura defensiva por si acaso la visión es alguna especie de amenaza, una trampa, una distracción, o simplemente un espejismo de malos augurios. Los Beni Kahini, o al menos el temor a ellos ciertamente existen, normalmente mantienen las rutas comerciales abiertas y seguras, pero el desierto les enseña muchas lecciones, y una de ellas es que no se debe dar nada por supuesto. Salta de su montura y se acerca a la figura inconsciente, descubriéndole la cara, tirando de los camellos hacia él para desenredar el lío de cuerdas que la está estrangulando.

—¡Agua!

—¡Es una mujer!

Van caminando colina abajo entre pinos, sobre un suelo tapizado de agujas. El aire nocturno está aromatizado por los pinos, el romero, y el tomillo de la multitud de arbustos salvajes que cubren la ladera de la colina. Ocasionalmente, un rayo de reticente luz de luna penetra el bosque, iluminando una rama colgante o un elevado abeto; un haz fantasmal que penetra la oscuridad que cuelga pesadamente a su alrededor como si fuera un objeto físico tangible.

Los oídos del soldado registran un sonido. El más leve de los susurros, y no muy lejos detrás de ellos. Sabe que no encaja porque es un sonido humano. Otra minucia para su siempre vigilante instinto primitivo. ¡Traición! Solo uno de tantos antes, pero él no escogió a este bereber; era la voluntad de Alá y no tenía más opción que confiar en él. Pero la bestia en él no hace caso a lo que debe creer y confiar, sino que teme; sabe que el otro es malvado, o quizás solo sea un hombre débil guiado por el temor por sí mismo y su familia. Cuando comprende la verdad, aumenta su paso silencioso moviéndose hacia delante, hasta que una desconocida clarividencia entre asesino y víctima alerta al bereber, quien empieza a girarse. Pero es demasiado tarde, ya que el altamente entrenado asesino salta sobre el otro, el cuchillo presto a rajarle la garganta sin afeitar. El olor a sudor y almizcle, así como la persistente tufarada a cabra, es abrumador y ahora está mezclado con el rancio hedor del miedo del hombre.

—Bismillaahil-lathi la ya dorro.

El guía grita, implorándole a Alá que le mantenga a salvo de los espíritus malvados. El soldado sabe que es una de las invocaciones para la protección contra el demonio. Un intenso temor invade su espíritu.

—Yo soy el escorpión, y este es el momento de la verdad. Nunca fue el guía. Todo el tiempo fui yo, el punzante insecto con el toque final en su cola. Todo el tiempo fui yo. Yo soy el Djinn.

Él le silencia con un golpe en la garganta mientras el cuchillo cae de sus dedos. No me pertenece a mí matar a este hombre; quizás esté tocado, marcado por Alá.

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